El revolucionario guanche (II) - Terrorismo de estado

El 12 de diciembre de 1996 José Luis Espinosa Pardo salió de la cárcel de Carabanchel. En ella había pasado los seis años de su condena. Seis años en prisión por el intento de asesinato a Antonio Cubillo. La sentencia, emitida en 1990, no dejaba lugar a dudas: “Ha resultado acreditada la intervención, junto a Espinosa, de otro u otros hombres de atrás pertenecientes al aparato policial español de aquella época”. El tribunal de la Audiencia Nacional reconocía la existencia de terrorismo de estado, pero el único condenado fue Espinosa Pardo. Una pieza en el tablero de una oscura partida.

La historia de José Luis Espinosa Pardo se remonta, según sus propias palabras, a 1977. Él, por aquel entonces, residía en Murcia, donde era secretario provincial de UGT. Ahí acababa la versión oficial, sin embargo detrás de la fachada se ocultaba la otra historia, la de agente infiltrado. Espinosa se había infiltrado en los GRAPO y el FRAP y, por esas fechas, ya era un hombre de confianza para la DGS (Dirección General de Seguridad), el equivalente al actual Ministerio de Interior. 

“Me llamó Hernández Ros, que luego fue presidente del Gobierno murciano, y me dijo: Tenemos un problema con Argelia. Tú, que eres un hombre introducido allí, te vas y te enteras por qué Argelia apoya al MPAIAC”, cuenta Espinosa. De esta manera comenzaba la Operación Mallorca, una misión que finalizaría el 5 de abril de 1978 en Argel. Ese día, Antonio Cubillo, líder del MPAIAC, recibiría varias puñaladas de dos hombres desconocidos en el portón de su casa. 

Tras la llamada, Espinosa Pardo comenzó a viajar a Argel. No le era una zona desconocida: su padre se había exiliado en aquel país y había luchado en 1954 contra los franceses en la Guerra de la Independencia. Además, ya conocía a Cubillo previamente: “En Argelia se formó, tras la independencia en 1962, lo que se llamó el Gobierno de la Tercera República. Cubillo entró como representante de un movimiento autónomo canario y así trabé relación con él. Aquello se disolvió y yo regresé a Murcia”. 

Gracias al contacto previo, Espinosa inició de inmediato su colaboración con el MPAIAC. El líder independentista confiaba plenamente en el murciano para materializar su estrategia terrorista en la Península. “Cuando volví a verle, Cubillo me pidió que, le ayudase. La prueba es que me mandó los comandos que pusieron las bombas en Madrid. Yo tenía que hacerle pensar que defendía sus intereses. Si no, no habría confiado en mí”, cuenta Espinosa. En 1977, el MPAIAC reivindicó la explosión de ocho artefactos en Madrid. 

A la vez que colaboraba con el grupo terrorista canario, Espinosa mantenía el vínculo con la policía española: “Mi contacto era Conesa, a quien conocía de su etapa como jefe superior de Valencia, cuando yo estaba en lo de los GRAPO”. Roberto Conesa, jefe de la extinta Brigada político-social (el cuerpo represor de la dictadura franquista) era muy conocido en los años setenta, tanto por su pasado –caso Scalalas Trece Rosas- como por su presente en la lucha antiterrorista. La DGS le pagaba a Espinosa todos los gastos. Mientras él se encontraba en Argelia enviaban a su mujer 20.000 pesetas a través de la oficina de correos. La misión seguía su curso natural. El agente incluso se había ganado un nuevo sobrenombre: de El Policía como se le conocía en Murcia, a El Chulo de Bab el Oued, en Argelia. 

Sin embargo, el guion establecido sufrió un brusco giro el 27 de marzo de 1977, el día de la catástrofe de Los Rodeos. “Lo de Los Rodeos se celebró con champán en Argel. La MPAIAC pedía el impuesto revolucionario y el capital se marchaba de Canarias. Cubillo iba a presentarse en la OUA y lo iban a reconocer, como al Polisario”, cuenta Espinosa. Ante tal cúmulo de situaciones, la DGS decidió que tenía que cambiar de estrategia. 

“Lo recuerdo perfectamente: bloque 5, piso 14, puerta 1. En ese despacho. El del Edificio Plaza”, rememora Espinosa. La reunión se celebró en enero de 1978, casi un año después del accidente de los Rodeos: el MPAIAC había aumentado su actividad terrorista desde entonces y los contactos con la OUA eran cada vez más fructíferos. El riesgo de que la zona se desestabilizase crecía por momentos. 

“Estaban Conesa, Sandoval [el mando de la brigada de la DGS] y dos señores a los que no conozco. Conesa telefoneó a Interior y dijo: Ponedme con el despacho del ministro”, asegura el murciano. El ministro no era otro que Martín Villa, titular del Ministro de Gobernación. Tras la llamada, Conesa se dirigió al murciano: “Hay que eliminar a Cubillo”. Era el momento de pasar a la acción. 

El jefe de político-social le sugirió que buscase a alguien más para el futuro trabajo. Espinosa ya tenía en mente quién era esa persona: Juan Antonio Alfonso González, un antiguo contacto del FRAP. “Yo estaba huido en Francia, ya que pertenecía al FRAP”, recuerda Alfonso González. "Entonces llegó José Luis Espinosa y me dijo que le perseguía la policía española. Me dispuse a ayudarlo, como hacía con todos los que estaban en la oposición a la dictadura”. 

Espinosa permaneció dos semanas en Francia, huido por su imaginario delito. “Así trabamos más confianza y en una de esas conversaciones en Burdeos surgió la propuesta de matar a Cubillo”, cuenta González. El miembro del FRAP aceptó, supuestamente, engañado por el murciano. “Espinosa me dijo que Antonio Cubillo era un agente infiltrado de la CIA”, justifica. A su vez, González contactó con un amigo suyo como apoyo para la tarea: José Luis Cortés. Alfonso González y Luis Cortes serían las dos siluetas desconocidas aquel 5 de abril de 1978. Las dos personas encargadas de asesinar a Antonio Cubillo. 

“Me dijeron que los mandase a Argelia”, explica Espinosa “Me reuní con ellos en Alicante y les entregué las 350.000 pesetas que me había dado Conesa en el despacho de la plaza de España. Además, le di a González la documentación falsa”. En primera instancia, el objetivo era vigilar a Antonio Cubillo: “González sabía que iba para vigilarlo y, si se la daba la orden… Sabía que nos lo íbamos a cargar”. 

El 27 de marzo de 1978 se decidió la fecha definitiva del atentado. González había estado en Argel estudiando las rutinas de Cubillo y a su vuelta se reunió con Espinosa y Cortes para hablar sobre del asesinato. Los dos hombres encargados se mostraron reticentes para llevar a cabo el plan final, pero finalmente accedieron por las amenazas de Espinosa. “Espinosa logró persuadirnos señalando que de lo contrario seriamos nosotros los que estaríamos en peligro”. El murciano, según González, les dio a entender que había personas importantes interesadas en eliminar a Cubillo. 

Posteriormente, González y Cortés viajaron desde a Alicante a Argel. Al llegar a la ciudad africana, ambos se alojaron en un hotel; todo estaba preparado. En Alicante habían barajado diversas opciones para ejecutar el asesinato, pero se decidieron finalmente por un ataque cuerpo a cuerpo. “En un primer momento pensamos en dinamita, pero yo me negué por la familia de Cubillo”, rememora González. “Después se pensó en una pistola con silenciador o un rifle de larga distancia, alternativas que fuimos desechando. Finalmente, los de arriba nos dijeron que usásemos un cuchillo”. 

Y llegó el día, era 5 de abril de 1978 y nada podía fallar. González estaba tranquilo, había sido adiestrado en la unidad de paracaidistas de Alcalá de Henares, tenía la formación y la sangre fría para cometer el asesinato. “Era prácticamente de noche”, recuerda González. “Llegamos al portón de Cubillo y rompimos las bombillas. Además, manipulamos los ascensores para evitar a posibles testigos”. González y Cortés esperaron en la calle la aparición de Cubillo. Al ver el coche del canario, se introdujeron de nuevo en el edificio. El silencio era sepulcral. 

En pocos minutos, un sonido de llaves alteró el tenso silencio. El canario entró en el portón. Al ver a aquellos hombres, Cubillo les saludo: “Bonsoir”. Ambos respondieron el saludo y en cuanto el canario se giró, se encaminaron hacia él. “Fui hacia él y le metí el cuchillo en el estómago y en la espalda”, recuerda González. Pero aún quedaba una tercera puñalada, la definitiva. Sin embargo, al oír un ruido proveniente de la puerta, González y Cortes decidieron huir del lugar. 

“Cuando me fui pensaba que estaba muerto. Me limpié la sangre de las manos y las zapatillas y tiré el cuchillo. Después cogimos el autobús hacia el hotel tranquilamente. Estaba convencido de que había muerto, así que me fui a dormir”. Pero Cubillo no había fallecido y la operación se encaminaba, irremediablemente, hacia el fracaso. A los dos días, González y Cortes fueron detenidos: en Argel había pocos españoles y a la policía no le resultó difícil encontrar a los autores del atentado. En el interrogatorio, un nervioso José Luis Cortés delató a su compañero y a Luis Espinosa. En cuestión de horas, el operativo se había desmoronado. 

La posterior historia de los tres implicados en la misión tiene, inevitablemente, un punto en común: la cárcel. En 1979, González y Cortés fueron condenados a cadena perpetua por un tribunal argelino. “La vida en la cárcel de Lambase era monótona y dura. No en vano, estaba considerada una de las prisiones más seguras del mundo”, recuerda González. Pero seis años más tarde, gracias a las negociaciones del gobierno español, fueron indultados. González y Cortés volvieron a Madrid “libres de todo”. 

Espinosa corrió una suerte similar. “Me enteré del atentado por la radio y me vine a Madrid, porque en Murcia era muy localizable. La DGS me aconsejó que vendiese todas mis propiedades y me mandó a Carcaboso, un pueblo cerca de Cáceres. A partir de ese momento, las puertas se me cerraron”. El murciano pasó diez años huyendo de la justicia española, entre Madrid y Carcaboso. En 1989 fue capturado y un año más tarde, la Audiencia Nacional le condenó a 20 años de prisión. Seis años más tarde salió de la cárcel gracias a la reducción de penas y su buena conducta. 

La sentencia afirmaba que “personas pertenecientes a los servicios policiales españoles” decidieron la desaparición de Cubillo. Estas personas, según los magistrados, “actuaron desde las mesas de sus despachos”. Aunque el tribunal ordenó una investigación acerca de los servicios secretos del gobierno de Adolfo Suarez, por ahora, Espinosa ha sido el único condenado por la justicia española. “Me fallaron. Hasta hoy, creo que he sido fiel con la misión. Siempre he puesto al Estado y a España por delante”, concluye el murciano. 

Antonio Cubillo regresó del exilio en Argel en 1985. Inició, entonces, una larga batalla judicial para ser reconocido como víctima de terrorismo de estado. En 2003, la Audiencia Nacional obligó al Estado a pagarle 150.000 euros de indemnización por el atentado de 1978. Cubillo veía cumplida una de sus reivindicaciones judiciales y se convertía en la primera víctima de terrorismo de estado reconocida por la justicia española.

El canario, a sus 82 años, se mantiene firme en la lucha independentista. En 1985 fundó la CNC, un partido minoritario –ahora mismo no dispone de ningún cargo en las instituciones- que defiende la soberanía canaria. Además, ha sido el principal promotor de la Constitución Canaria, la extravagante carta magna para la “futura Nación Canaria“. Para Cubillo, la situación respecto a Canarias sigue paralizada. “La ONU estableció la década 2000-2010 para descolonizar pacíficamente los territorios colonizados y España no ha cumplido aún ese mandato. Somos una colonia y tenemos que conseguir un acuerdo con España para la descolonización. Esto es África, no Europa”. 

[Este reportaje fue publicado originalmente en noviembre de 2012 en Eclectic Magazine]

El revolucionario guanche (I) - La lucha por la independencia

Argel, tarde noche del 5 de abril de 1978. Antonio Cubillo entró en el portón de su casa, en la Avenida de Pekín. Dos hombres, vestidos completamente de negro, esperaban al ascensor.

-Bonsoir – dijo Cubillo al verles.

-Bonsoir- les respondieron los individuos.

Tras el saludo Cubillo se giró y comenzó a subir por las escaleras. Al ver el movimiento, los dos hombres se abalanzaron sobre él. Uno de ellos agarró a Cubillo mientras el otro sacó un cuchillo de su ropa y le asestó dos puñaladas, la primera en el estómago y la otra en la espada. El agresor acercó el cuchillo al cuello para realizar un tercer y mortal navajazo.

Sin embargo, el ruido de unas llaves resonó en la entrada del portón. Un hombre grande, de unos dos metros, entró al edificio. Los asaltantes, al percatarse de la entrada de un posible testigo, huyeron corriendo del lugar. Antonio Cubillo cayó por las escaleras y yació en el suelo, desangrándose. Se acababa de perpetuar el único caso de terrorismo de estado reconocido por la justicia española.

“Yo caí varios escalones, los dos agresores huyeron y Okpi me atendió”, rememora Cubillo, 34 años más tarde. “Recuerdo perfectamente que se me salieron las tripas y que yo mismo las sujeté y me las metí”. Antonio Cubillo (1930), originario de La Laguna, Tenerife; volvió a nacer ese día. Dos casualidades permitieron salvar su vida: un partido de fútbol y un cura. “Aquella tarde se televisaba el partido de fútbol entre las selecciones de Argelia y Hungría y no había apenas nadie en la calle.” Gracias al partido, el tinerfeño llegó al hospital pero había perdido mucha sangre. “Llegué al hospital con un litro y medio”. Para su fortuna, en el centro se encontraba un cura suizo con su mismo grupo sanguíneo. Necesitó tres litros de sangre del sacerdote. 

Pero los efectos del atentado permanecerían para siempre. La cuchillada que le propiciaron en la espalda le afectó a su médula espinal. “Me quedé muy jodido. Llevo desde entonces valiéndome de muletas por una parálisis parcial. Pero mire, aquí sigo”. Antonio Cubillo sigue, a pesar de su edad y su condición física, combatiendo por su sueño: un Archipiélago Canario independiente de España. 

Su peculiar historia comienza en los años 60. Eran tiempos convulsos en Canarias. El Corredera, un famoso opositor al franquismo había sido ejecutado hacía un año. En África se habían iniciado los procesos de descolonización. El chabolismo y la marginación eran fenómenos cada vez más frecuentes en las islas. Mientras, el franquismo mantenía su represión a las libertades y favorecía un duradero caciquismo. 

En aquella época, Cubillo trabajaba en un bufete laboralista del que posteriormente surgiría la delegación canaria de Comisiones Obreras. Sus ideales le llevaron a crear, junto con otros activistas de izquierdas, Canarias Libre, un movimiento nacionalista vinculado al desaparecido Partido Comunista. Durante aquel periodo, su participación en protestas y manifestaciones hicieron que sus estancias en la cárcel fuesen frecuentes, aunque breves. “Nosotros repartíamos propaganda de independencia en todas las huelgas. Les decíamos: españoles lárguense de aquí”. 

Sin embargo, el sueño de Canarias Libre duró poco. La falta de apoyo y la pobre organización de movimiento condujeron a una desaparición anunciada. En marzo de 1962, todo el grupo, excepto Cubillo que se encontraba en Tenerife, fue detenido en Las Palmas. Tras el suceso, el activista tinerfeño inició una serie de conversaciones con Santiago Carillo, Secretario General del PCE, para reconstruir el Partido Comunista Canario. Pero Carrillo no compartía las pretensiones independentistas de Cubillo. 

-Nos hemos enterado de que tú hablas mucho de independencia y eso no nos gusta. Eso es una cosa de pequeño-burgués- le espetó el dirigente comunista. 

-Qué coño va a ser pequeño-burgués –le respondió Cubillo- Nosotros queremos la independencia porque somos una colonia conquistado por los españoles. Yo conozco la historia de Canarias. 

Las convicciones nacionalistas de Cubillo vienen de lejos. En su infancia estuvo rodeado de inmigrantes cubanos que se establecieron en La Laguna. Aquellos relatos sobre la independencia de Cuba despertaron su interés por la historia de Canarias y la lucha por la secesión. Para Cubillo las Canarias eran y son “un territorio ocupado por el Estado Español. Y por lo tanto, “todo español residente en las islas debe marcharse" de allí. 

Sus obstinados ideales hicieron que el acuerdo con el Partido Comunista fuese imposible. Ante tal panorama y perseguido por la justicia, en 1963 el activista decidió desplazarse a París y, posteriormente a Argelia. Fue en este país, un año después, cuando decidió crear la organización que le dio fama internacional: el MPAIAC (Movimiento por la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario). “Con el MPAIC queríamos alcanzar la liberación de las instituciones coloniales y todo su sistema de dominación”, asegura Cubillo. 

El MPAIC se caracterizaba por una línea africanista unida a la exaltación de los orígenes canarios mediante la figura de los aborígenes. “Canarias no es parte de Europa, Canarias es parte de África”, repetía una y otra vez Cubillo. El movimiento pronto llamó la atención del gobierno argelino que veía en él un gran apoyo para sus movimientos expansionistas. En 1968, la OUA (una suerte de Unión Europea africana), gracias a Argelia, declaró el archipiélago canario “geográficamente africano”. 

Sin embargo, la movilización real del MPAIAC y sus apoyos eran escasos. Bajo aquella situación y a la estela de otras organizaciones terroristas como ETA, los dirigentes del MPAIAC -encabezados por Antonio Cubillo- decidieron comenzar la lucha armada. El 1 de noviembre de 1976, las Fuerzas Armadas Guanches, el brazo armado del MPAIAC, explosionaron una bomba en Galerías Preciados de Las Palmas de Gran Canaria. 

“Eran pocos, pero daban su guerrita”, aseguró en su momento Francisco Laína, gobernador civil de Las Palmas. En dieciocho meses de lucha armada, el MPAIAC colocó 60 artefactos explosivos de los cuales explotaron 28. El movimiento se nutría económicamente de pequeños atracos y hurtos, puesto que el impuesto revolucionario que intentó implantar no llegó a triunfar en las islas. A ello se le sumó la explosiva propaganda política emitida por Antonio Cubillo a través de La Voz de Canaria Libre, en Radio Argel. 

“Nosotros pusimos bombas. Y en cantidad, claro que sí. Pero nuestro fin no era matar a nadie. Lo que hacíamos se llamaba propaganda armada”, asegura el líder del MPAIAC. Sin embargo, dos de estas bombas desembocaron en tragedias. El 27 de marzo de 1977, un explosivo situado en el Aeropuerto de las Palmas obligó a desviar todos los vuelos a las pistas de Los Rodeos, en Tenerife. Esta fue una de las muchas fatalidades que provocaron el peor accidente de la historia de la aviación: un choque de dos Boing 747 que se saldó con la muerte de 583 personas. 

Un año más tarde, la violencia acabó en muerte. El 24 de febrero de 1978, un artefacto atribuido al MPAIAC explosionó cuando el TEDAX Rafael Valdenebros lo manipulaba para su desactivación. El policía resultó gravemente herido y murió días después en el hospital. Valdenebros fue la primera y única víctima provocada por el terrorismo canario. 

Paralelamente a la acción violenta, el MPAIAC realizó una intensa campaña política por África. En febrero de 1978, el Comité de Liberación de la OUA, encargado de las descolonizaciones en los países africanos, se reunió en Trípoli. El Comité, según un militar de alto rango de Tanzania, “había decidido apoyar al MPAIAC y enviar una comisión para supervisar el proceso de descolonización en Canarias”. El objetivo final por parte de Cubillo era que la ONU apoyara una resolución a favor de la independencia del archipiélago para comenzar un proceso de descolonización. 

Ante estos hechos, las Cortes españolas no tardaron en reaccionar. El 14 de febrero declararon la reunión de Trípoli como “una intervención injustificable en los asuntos de España”. La propuesta fue aprobada por todos los senadores menos uno, Lluís Maria Xirinacs. El senador argumentó que “Canarias tenía derecho a la independencia”. Aun así, en la Península pocos confiaban en la capacidad de Cubillo y el MPAIAC para iniciar un supuesto “proceso descolonizador”. Sin embargo, y como se comprobaría dos meses más tarde, en abril, el asunto preocupaba en el seno del Estado Español. 

"Decidieron matarme para evitar el calendario de descolonización”, afirma Cubillo. La aventura soberanista se derrumbó aquel 5 de abril de 1978. El intento de asesinato a Cubillo acabó con las ilusiones descolonizadores del tinerfeño. “La historia habría cambiado si hubiera podido hablar antes las Naciones Unidas”, asegura con solemnidad. 

El MPAIAC también acusó aquel frustrado asesinato. Considerado ya por aquel entonces un movimiento estrafalario y minoritario, inició un proceso de desfragmentación. A ello se le unieron las acciones policiales que debilitaron el grupo. A finales de 1978 el MPAIAC anunció su cese de la lucha armada. Un año más tarde, Cubillo fue expulsado del movimiento por desavenencias con el mismo: finalizaban 15 años de lucha por la soberanía del archipiélago. 

Pero remontémonos, de nuevo, unos meses antes de su atentado. Cubillo había iniciado conversaciones con José Luis Espinosa Pardo, un antiguo miembro de los GRAPO y el FRAP y ex-militante en el PCE(r). Espinosa Pardo estaba interesado en unirse a la causa del MPAIAC. Aunque parezca irrelevante, aquel hombre marcaría el destino de Cubillo y de su movimiento. Había comenzado la Operación Mallorca. El objetivo: matar a Antonio Cubillo. 

[Este reportaje fue publicado originalmente en octubre de 2012 en Eclectic Magazine]